Aun no son las siete y ya es noche cerrada. Hace frío en casa pero no tengo ganas de encender el fuego. Pienso en él, en un fuego resplandeciente, en el placer que me daría sentarme a su lado y calentar mis frías manos. En mi mente se forma una imagen nítida, casi puedo hasta olerlo.
Me encanta la sensación de poder retener los aromas en mi mente, de reproducirlos en mi imaginación cuando me apetece. ¿En que otro olor podría pensar?
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En el olor de las castañas, asadas en el fuego vivo que aun permanece en mi subconsciente. Tengo hambre. Me comería una docena de castañas.
Pero sigo en el sofá, inmóvil, sin fuego, sin castañas. Me pregunto en que pensaría otra persona que estuviera aquí mismo, en el mismo lugar, en el mismo momento. Seguramente no pensaría en lo mismo que yo. Y si lo hiciera no lo haría de la misma forma.
¿Cómo vera el mundo otra persona? Seguro que diferente a como lo veo yo. Me gustaría poder estar en la mente de otra persona y ver como lo interpreta. Pienso si existe un mundo como tal, o si en cambio cada uno forma una imagen diferente de una misma realidad. Vivimos de interpretaciones, de nuestras propias interpretaciones o de las de otros, nos basamos en modelos, en teorías, en ideas… ¿Cuánto hay de realidad en el mundo?